¿Por qué yo?, pregunté. "Porque sos hincha de los dos, de San Martín y de River", me respondió el editor senior de TUcumanos con sorna "bostera". Claro, los dos equipos están en promoción y a mí, justo a mí, como simpatizante rojiblanco, me pide reflexionar sobre esta angustiante casualidad. Admito que el fanático debe tener herida el alma; no es fácil sobrellevar las gastadas por tener tatuados esos colores en el corazón. Cómo sintetizar las sensaciones de este tiempo para esos militantes del tablón: angustia deportiva, desesperación por la incertidumbre, disgusto con los jugadores, malestar con la dirigencia,  rabia porque los clásicos rivales no padecen la misma desgracia. "Sufro por mi equipo, no lo quiero ver así", me dijo un colega y compañero de "desgracia" que aún no asimiló el golpe, que siente como un puñal a su orgullo. Hay que entender que el "mundo fútbol" es un sentimiento, pero, ojo, no como para abrirse las venas y desangrar bronca. Hay chances, nada se ha perdido -"aún", dirían con tono de burla los "contras"-, hay ventaja deportiva, se puede mantener la división. No hay que perder la ilusión, es hora de confiar y más que nada de alentar. Como hincha les deseo y espero lo mejor para mis equipos de la vida, pero si hay que hacer un pedido, sería el de no dramatizar. El fútbol es un deporte para disfrutar, si bien no todos pueden ser Barcelona y tener un Messi, pero hay que aguardar lo mejor. Y también, por qué no, esperar que mañana para mis iguales no sea un día de miércoles. Ojalá.